18 abr 2020

Virus y acordes en el Regreso al Futuro (II)

En el artículo anterior, escrito a la vez que empezaba el confinamiento, se establecía una relación directa entre la tecnología y las formas de obtener ingresos para los músicos, a lo largo del tiempo. Ha pasado más de un mes encerrados y, quien más, quien menos, ya ha empezado a emular la famosa escena de Fred Astaire subiéndose por las paredes; aprovecho un descanso en ese frenesí para escribir esta segunda parte. Arranca en una bodega del barrio de Gràcia y tratará de demostrar que, al igual que los griegos aseveraban “lo que es arriba, es abajo” en relación a los cielos y la tierra, bien podría afirmarse también que “lo que ya ha sido, será de nuevo otra vez” en relación a la música inspirada bajo esos cielos y ¡Ay! a la música estrellada contra estos suelos.

De jovencito me gustaba ir a componer a locales con mesa al fondo, tocaba sentado en ella muy suave para no molestar. En una de aquellas tardes el dueño de cierta bodega se me acercó y propuso un trato: “oye, he pensado que podrías tocar un día para público, lo anunciaría por el barrio y pondría entrada”. La mueca de absoluta sorpresa, de atónito asombro ante lo inaudito que se le expandió por la cara cuando le pregunté: “vale, ¿Cuánto dinero me llevaré yo?” no la olvidaré nunca. Vamos, es que ni se le hubiera pasado jamás por la cabeza que un músico pretendiese algo que no fuera un par de cervezas por hacer “riki riki” con su guitarrita.

Es un buen ejemplo de la doble vara de medir el respeto que se ha tenido desde siempre a la música y a sus ejecutantes, ya se sabe que una cosa es la divina estela de una diva como María Callas o directores de orquesta como Daniel Barenboim y otra muy diferente la chusmipurria de perdularios que desde los lejanos tiempos de los juglares se ha caracterizado por su proverbial vagancia, su incontrolada lujuria –siempre ávidos de impúdico roce carnal con perdidas sin redención ni modales- la turbia querencia a intoxicarse con diferentes substancias y su afición al gorroneo y descuido con todo lo que se deje sin esconder en su presencia.

Definidos, pues, los personajes-prototipo de esta tragicomedia, pasemos a revisar los términos habituales del trato comercial en el mundo musical moderno; ya tenemos una edad para atrevernos a salir de la bodega y descubrir, por fin, lo que vale un peine. Porque si es del todo a cien, para poder pagar ese euro que cuesta, el músico sólo necesitará que se haya reproducido 59 veces su canción, si está colgada en la plataforma de pago Napster. Eso nos da la jugosísima cantidad de nada menos que 1´7 céntimos de euro por cada una, intrigante coincidencia con lo que se llevaban por disco los músicos en la década de los años 40 del siglo pasado. ¿Les parece bien? Descuiden, volveremos a ello.

Cuando antes de la era digital un grupo iba a actuar en algún garito de cualquier ciudad, se gestionaba con un precio fijo denominado ”caché”, que era más o menos elevado en función de su popularidad. Luego, el asunto del directo evolucionó a tener que conformarse sólo con el dinero que se recaudara en la entrada. Algo más tarde, los locales decidieron que el grupo sólo se llevaría un imposible de verificar porcentaje de lo que se recaudara en la barra y, finalmente, se les ha invitado sí o sí a tocar con los dedos el cielo de la bohemia, o sea, a nivelarse emocionalmente con los sufridos músicos callejeros. ¿Cómo? Bueno, se le podría llamar “sois unos hijos de puta avariciosos”, o “debería daros vergüenza colaborar con esa mierda, cabrones” pero se ha impuesto el nombre políticamente correcto de “Taquilla Inversa”. Las formas son el mensaje, sí, sí.

¿No eran tan aficionados los rascatripas a gorronear? Pues perfecto, ahora cuando los grupos actúan en un local se les autoriza graciosamente a “pasar la gorra” al finalizar el repertorio para que los asistentes den la voluntad. Tras un siglo de música comercial en continua evolución, hemos acabado calzando los mismos zapatos que el bluesman Blind Lemon Jefferson, cuánto honor y qué alegría.

Pero que no todo sean lamentaciones, estamos en la era digital y tenemos otras salidas; hay que adaptarse a los tiempos y el paseo por el enorme pastel del dinero que se genera con la música puede hacerse más agradable y gratificante con la ayuda de las nuevas tecnologías.

Tenemos la opción de “subir” nuestra música a algunas plataformas digitales, bien que la filosofía de oferta no sea uniforme. Ni mucho menos. Dejaremos en este punto, de momento, a los amateurs que sólo suspiran por que alguien les ponga un “me gusta” en su voluntarioso streaming, -habitualmente colgado en plataformas como Soundcloud y similares-, porque son lugares donde se regala la música y no es este el objetivo del artículo, probablemente no le haya escuchado ni su novia.

Probemos con plataformas “profesionales”. En Bandcamp puedes hacerte una paginita apañada pero la plataforma permite que se oiga la canción entera, así que se puede piratear impunemente dejando las tradicionales dos velas para el grupo y total, a ellos plim porque de donde sacan el dinero es de la publicidad. Muy ingenioso, sí señor. En Nimbit sí puedes elegir los hasta treinta segundos que se oirán de muestra y quien quiera la canción debe pagar por la descarga, pero…

Ahí enfrentamos el siguiente problema, en este país no hay demasiada costumbre de hacer eso y la sola idea de comprar una canción online provoca pesadillas varias como que es una trampa para robar todo el dinero de la tarjeta de crédito, que la canción bajará con menos calidad que un rolex de venta ambulante o, directamente, que te encuentres con algún jipijo Nueva Conciencia defensor del gratis total y te acuse de querer lucrarte con tus propias canciones: un egoísmo intolerable, la cultura ha de estar al servicio de todos en general, siempre de balde y cuando y como les dé la gana.

Seamos justos y benéficos, nos vamos a conformar con el salario mínimo, que no se diga. ¿Cuántas reproducciones deberían hacerse en el citado Napster para que el autor se llevara esa cantidad? Nada menos que 5.294. (Fuente: “Business Insider”) ¿Y si fuera en otra plataforma, por ejemplo Tidal? Pues si quieres ganar el equivalente al salario mínimo tendrán que ser 81.818 reproducciones. Creo que toca chillar, como en el chiste del barranco “¿Hay alguien más?” ¡Por supuesto! Si quieres cobrar ese pequeño surtido de monises, en Apple serán 136.364 reproducciones. Si prefieres probar en Deezer, lo lograrás con 155.173. No está mal ¿Verdad?

“Pero verá usted, todos mis colegas gozan del prestigio de tener su música en Spotify, da empaque y seriedad ¿Cómo van las cosas ahí?” Pues tener el honor de publicar en esa plataforma te facilitará ese salario mínimo si logras… 225.000 reproducciones (al mes, obviamente). “¿Y si fuera en Youtube?” Hombre, faltaría más, sólo tendrás que lograr 1.428.571…

Espléndido panorama, ánimo que entre los internautas musicales y el pase de gorrilla en directo se pueden lograr unos resultados económicos que ni el propio Charley Patton y sus gallinas lograron soñar jamás. Están emergiendo otras opciones de futuro algo más prometedoras para ese paseo por el pastel pero de eso se tratará ya en otro artículo de la serie, con su permiso ahora voy a calzarme las impolutas polainas que tengo cita con Ginger Rogers y la lámpara del techo ya destella cálida y prometedora.

“Y todo el mundo caminaba maravillado sobre los diez dedos de sus pies”



[Redacción Nuevaola80. Teo Serrano]

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