26 nov. 2018

Manrique entrevista a Ordovás en el País Semanal

Foto: Juan Aldabaldetrecu

Un histórico de la crónica y la crítica entrevista a otro histórico de la crónica y la crítica. El resultado, complicidades y amistades aparte, solo podía ser este: una charla que incluye por igual certeros análisis de lo ocurrido en la música española en las últimas cuatro décadas y algunas confesiones personales en lo que concierne a las bandas, los solistas, la industria y el periodismo cultural.

Jesús Ordovás Blasco (Ferrol, 1947) es el auténtico Hombre Tranquilo del pop español: rara vez se le ha visto nervioso o enfadado. Y eso que vivió tiempos tormentosos desde finales de los años sesenta. De su etapa hippy guarda una condena en el Tribunal de Orden Público, expulsiones de Ibiza escoltado por la Guardia Civil, la cicatriz de una puñalada. Y un libro de éxito sobre Bob Dylan, que ayudó a difundir la leyenda del cantautor en España.

A finales de los setenta, ya sin barba ni melena, Ordovás se reconvirtió en propagandista del pop madrileño (y gallego, como veremos). Sin su dedicación entusiasta, a través del semanario Disco Exprés o la emisora Radio 3, hubiera sido más costosa la implantación de lo que entonces se conocía como Nueva Ola. Algo que los enemigos de la movida nunca le han perdonado.

Sus detractores, sin embargo, no han podido acusarle de haberse enriquecido con sus hallazgos. “Muchas veces me ofrecieron ser productor o mánager, pero ni llegué a planteármelo. Otros aceptaron, a mí me pareció incompatible con el oficio de comentarista de música”. Así que nunca llegó a conseguir aquel desiderátum del triunfo —el chalé con piscina en Somosaguas— que invocaba para bromear con los invitados a sus programas.

De hecho, desde 1986 vive en un piso junto a la madrileña plaza de Antón Martín. Hace unos meses, allí se contempló otra extraordinaria demostración de su temple. Tras declararse un incendio en su casa, se quedó aislado en su cuarto piso, invadido de humo. El rescate de los bomberos se hizo esperar, pero cuando llegaron —hay imágenes en YouTube—, le encontraron impertérrito.

¿Pensaste que podías morir? "Claro que sí, más gente muere asfixiada por el humo que por las quemaduras. Allí estaban la Policía, el Samur, centenares de curiosos, pero no aparecía el camión de bomberos con escalera telescópica. Cuando finalmente pisé tierra, me dije que aquello era una señal. Decidimos poner a la venta el piso para instalarnos definitivamente en el Mediterráneo".

No obstante, poco después recapacitó y ahora alterna la costa con su residencia en Madrid. “Está en un sitio perfecto, voy andando a los lugares que me interesan. Como hoy”. Hemos quedado en Argo, un club privado contiguo a la Cervecería Alemana, en la plaza de Santa Ana.

“Esta Cervecería Alemana era el Café Gijón de la contracultura. Recalaban los hippies extranjeros que pasaban por Madrid y se enrollaban con los freaks españoles. Me veía con una pandilla que incluía a Pedro Almodóvar y a Herminio Molero [fundador de la primera Radio Futura]. Éramos muy underground, pero también nos íbamos de excursión al campo”.

¿De qué hablaban? "De discos, claro, pero también de películas que nos apasionaban, aunque nos llegaran censuradas. Y de los libros de Jack Kerouac y compañía, que encontrábamos en ediciones argentinas".

Aunque se matriculó en Ciencias Políticas, nunca militó en los abundantes grupúsculos que proliferaban en la universidad. “Era amigo de todos, quizá con mayor simpatía por los anarquistas”. Hasta que padeció una detención, durante el famoso recital de Raimon en mayo de 1968. “Por precaución, yo siempre me pongo en la parte de atrás de los conciertos. Aquella vez fue una mala idea. Llevaba un chaquetón militar y dos policías de paisano decidieron que tenía pinta de comandante de la revolución. Me esposaron y al coche”.

Esto no va quedar muy rockero. Detenido durante un concierto de Raimon… "Estaban muy nerviosos, supongo que por los acontecimientos de París. Me recibieron en la Dirección General de Seguridad entre empujones y amenazas. Me salvó mi apellido: un tío mío era comisario y trabajaba allí. Evitó que me pegaran y consiguió que aquello se resolviera al día siguiente. Un juez militar me declaró culpable de participar en una manifestación ilegal y me multó con 6.000 pesetas".

"Una barbaridad para un estudiante. Allí estaba mi madre al quite. Mi padre había muerto poco antes y ella era muy comprensiva. Salí en libertad y, no puedo olvidarlo, ninguno de los compañeros comprometidos se interesó por lo que me había pasado. Desde entonces, siempre he desconfiado de los partidos políticos: en esencia, son clanes de ayuda mutua".

Tras terminar la carrera, se empeñó en buscar lugares menos hostiles. A partir de 1970, tras ser declarado inútil para el Servicio Militar, consiguió el pasaporte y se benefició de una organización estudiantil de ámbito europeo que facilitaba desplazamientos baratos y empleos temporales. Pasó épocas en París, Róterdam, Londres, California. De los primeros viajes se trajo un tesoro, la discografía completa de Bob Dylan —“Tardó años en estar disponible en España”—, incluyendo lanzamientos piratas.

¿No soñaste con formar un grupo de folk-rock, a lo Byrds? "Estaba fuera de nuestro alcance. Simplemente ansiaba ser un Dylan a la española, me compré una guitarra, una armónica y un magnetofón Grundig. Pero fui a un conservatorio y allí me dijeron que estaba negado para la música".

A cambio, le surgió la oportunidad de escribir lo que sería el primer libro sobre Bob Dylan publicado en español. Inauguraba una colección que alcanzaría gran influencia, Los Juglares, de editorial Júcar. Resultó que había una inmensa sed de Dylan y su tomo vendió miles de copias; hasta salió una edición de lujo, con pasta dura y dorados. Jesús estuvo a punto de no ver su publicación.

“Lo escribí en Valencia, en casa de mi amigo Paco. Una noche, volviendo de un concierto, nos asaltaron dos gitanillos. Estaban tan nerviosos que uno me clavó la navaja justo al lado del corazón. Me ingresaron en estado muy grave, perdí mucha sangre. Lo peor fue que El Caso investigó y, como andaban conchabados con la Policía, sacaron mis antecedentes como ‘agitador estudiantil’. Venían a sugerir que allí había algo más que un intento de robo”.

Tiene Jesús una visión providencialista de la existencia: las cosas no suceden por casualidad. De vuelta en Madrid, en 1975, en compañía de su chica, Pilar Imedio, se instaló en el barrio obrero de La Elipa. Intimó con Burning, que ensayaban en un cercano centro parroquial. Una revelación: un arrogante grupo que contaba vivencias callejeras mirando de reojo a los Rolling Stones.

“Decidí que los espacios que tenía en Disco Exprés iban a servir para cubrir el rock que se hacía en Madrid. A pesar de la oposición del resto de la revista, que había entronizado el rock progresivo y solo aceptaba, entre lo nacional, a la onda layetana”.

Era tremendo el desprecio que manifestaban por el rock madrileño. Nos llamaban “mesetarios”. Nuestro amor por Barcelona no era correspondido.

Otro encuentro decisivo tuvo lugar en el Rastro una mañana de 1977: “Alaska era una niña, pero estaba vendiendo fanzines donde hablaban de punk, pero también de Vainica Doble. A través de ella, conecté con Kaka de Luxe, que sería el embrión de todo lo que vino después”. Para entonces, Jesús presentaba un programa de radio en Onda Dos, Entre Frisco y Formentera, luego rebautizado como Otro rollo más de Jesús Ordovás.

"Se trabajaba por puro entusiasmo, sin retribución. Creo que nos pagaban 300 pesetas al mes. En metálico, en un sobre donde ni figuraba el nombre de la emisora".

Está bien recordarlo, para que no se crea que estábamos subvencionados. Eso dicen algunos que en los setenta trabajaban en la radio del Sindicato Vertical. Quieren explicar la movida como no sé qué conspiración del PSOE contra el rock proletario. Bastante absurdo, los primeros concursos de grupos en Madrid los montó UCD. Allí salían las propuestas más frescas por el apoyo de unos pocos críticos y periodistas; los grupos duros ya tenían su discográfica, su circuito, sus locutores que intentaban llevarse una tajada. Luego, es cierto, quedaron eclipsados por la movida, pero es un fenómeno de renovación que, aunque resulte cruel, siempre pasa en la música pop.

Decididamente novedosa fue la apuesta de Jesús por las maquetas, grabaciones a veces caseras de grupos entonces ajenos al engranaje industrial. “Ya lo hacíamos en Onda Dos, pero yo insistí en Radio 3. Me creó problemas. Un jefe de programas y, luego, un director de la emisora me abroncaron, decían que Radio Nacional no podía emitir grabaciones tan malas, que encima decían barbaridades. Yo esperaba a que cambiara el equipo directivo, cosa que ocurría con frecuencia, y seguía dale que te pego”.

“En la segunda hora del Diario Pop tenía mi apartado para grupos nacionales, ‘Esto no es Hawái’. En 1982, cuando me llegó la casete de Siniestro Total, grabada en Vigo, empecé pinchando las canciones más divertidas, tipo Ayatollah, no me toques la pirola. Como no pasó nada, noche a noche fui subiendo el listón con Las tetas de mi novia o Matar hippies en las Cíes”.

Y surgió la movida viguesa. "Entre otras. Siniestro nos hizo ver que teníamos una audiencia nacional: a las pocas semanas, estaba sepultado bajo centenares de sobres con maquetas. Era como si hasta en el último pueblo de España surgieran grupos. Igual con más cosas que contar que técnica para hacerlo, pero, al fin y al cabo, una explosión de creatividad".

También discute Ordovás ese pliego de cargos que atribuye a la movida la difusión de todo tipo de drogas y hasta la pandemia del sida. “Solo puedo hablar por mi experiencia. Por mi barrio circulaban la heroína y la cocaína antes de que salieran los primeros grupos de la Nueva Ola. Y no sé si se follaba más o menos, pero, desde luego, se tomaban menos precauciones que en los años de la movida, cuando todo el mundo llevaba su condón”.

Pero el caso de Burning… en los noventa, mueren Toño, el cantante, y Pepe Risi, el cabecilla del grupo. Yo prefiero verlo como una historia de supervivencia. Johnny Cifuentes, el teclista, tomó el timón, se puso a cantar y todavía funcionan.

Embriagado por el subidón de los ochenta, Jesús tardó en asumir el cambio de paradigma que introdujo el indie en los noventa. “Habían ido desapareciendo los mejores grupos de la década anterior y me dejé llevar por la rutina, como si no hubiera pasado nada. Cierto es que surgieron propuestas maravillosas, como Los Planetas, Surfin’ Bichos o La Buena Vida, pero rodeadas de mucha morralla, de grupos que usaban un inglés patatero. Creo que se notaba que no me ilusionaban. En cambio, otros les apoyaban a muerte, sin ningún filtro”.

¿Te reconoces en la actual Radio 3? "Todavía hay buenos programas, pero es evidente que Radio 3 fue perdiendo el nivel cultural que tenía en sus inicios. Entraron muchos refugiados de Radiocadena Española, con un concepto más comercial de hacer radio, con listas y compadreos. De repente, se negociaban los estrenos de determinados discos. No se reconocían tampoco los servicios prestados por los que estábamos allí desde el principio: podían exiliarte a los fines de semana en vez del programa diario. Muchos tuvimos que aceptar el ERE de 2006, prácticamente nos obligaban a marcharnos. Uno de los peores disparates de Zapatero".

En sus últimos meses en Prado del Rey, Ordovás emprendió otra aventura quijotesca: iPop, programa diario de información musical que emitía La 2. “Las posibilidades eran fantásticas, pero fue saboteado por el equipo de producción, que básicamente no quería trabajar demasiado. Es lo único que echo de menos en mis años de jubilado: programas decentes en TVE”.

Bueno, programas hay… "Me subo por las paredes al ver cómo tratan el mejor archivo televisivo de España en música pop. Básicamente lo trocean en cachitos para provocar risitas. Igual antes éramos unos pedantes al querer informar sobre la música que nos emocionaba, pero ahora en TVE sale gente que no sabe de nada pero que habla de todo. Ignorantes con permiso para banalizar lo que se les ponga por delante".

Nuevamente, conviene resaltar que Ordovás mantiene la calma incluso cuando siente motivos para sentirse indignado. Ya no está en la batalla y se va quitando peso: está vendiendo o regalando grandes bloques de su inmensa colección de discos. Le pregunto si se reserva algo: “Sí, los discos de jazz. He descubierto que el jazz es buen acompañante para este tramo de mi vida”.

[Fuente: elpais.com -Enlace original-]

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