11 dic. 2010

Lapido, Grande


Más allá de auras, etiquetas y nivel de reconocimiento, trillados hasta la saciedad por el dominio público, el (gran) mérito de José Ignacio Lapido reside en sus canciones, canciones que en realidad no son sino poemas eléctricos que navegan, casi siempre, por/entre el inconformismo con los patrones estándar de la sociedad que le ha tocado vivir, el lamento y el desasosiego o por las relaciones afectivas, convencionales para unos, no tanto para otros, tamizadas convenientemente por la lírica, sin que ello suponga ningún tipo de renuncia expresa a la belleza ... en realidad la vida “es así de mala”.

Luego está su faceta de guitarrista, casi desapercibida para la mayoría de los mortales pero lo suficientemente excelsa como para obviarla en el contexto referente de toda su obra, tanto en solitario como con los “0”.

Con estas credenciales como inicio y con el pretexto de presentar su último trabajo, sexto en su carrera en solitario, “De sombras y sueños”, Lapido descargó su energía el pasado viernes en la sala El Sol ante un considerable número de incondicionales, que vibraron con el espléndido concierto que ofreció el granaíno apoyado por una magnífica banda, la de siempre, que enlaza directamente con la maestría de José Ignacio. En cualquier caso, es ya de sobra conocida la admiración que Madrid le profesa a Lapido, seguramente en pocas otras plazas sale a flote el mutualismo público-artista como en la ciudad del oso y el madroño.

La parquedad en palabras, enrolles y adornos en el escenario, contrasta con la amplitud del del track list ejecutado, tanto, que el concierto duró más de dos horas y que, como cabía esperarse, giró en tornó al ya citado “De sombras y sueños” (“Paredes invisibles”, “Algo falla”, “El más allá”, “Cansado”, “Lo creas o no”, “La hora de los lamentos” ...) un álbum espontáneo en boca de su propio autor, con predominio los tiempos medios y que, si bien no alcanza las cotas de sublimidad del anterior, “Cartografía”, si que mantiene las constantes de calidad y visceralidad de todos los anteriores.

Obviamente, tampoco faltaron los temas más emblemáticos de su carrera, “Luz de ciudades en llamas”, “No digas que no te avisé”, “Cuando el ángel decida volver”, la exquisita “En el ángulo muerto”, “La antesala del dolor” ... y, para acabar de redondear la noche algunos guiños a los 091, “Esta noche”, “La canción del espantapájaros” o la primigenia “Zapatos de piel de caimán” que han envejecido extraordinariamente bien y provocaron el delirio de los concurrentes al grito de “Lapido, grande”.

Tremendo concierto, en suma, susceptible de repetición a corto plazo, mientras tanto, aquí le esperamos, maestro.

Sala El Sol (Madrid, 10/12/2010)
[Por Aurelio Sánchez; Imágenes: Javi Bernal, Nuevaola80]

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