4 may 2026

El Último de la Fila, un aquelarre a favor del ansia de vivir en su épica noche de regreso en el Estadi Olímpic

Volvió el grupo cuyo regreso parecía imposible, el vástago bicéfalo envuelto en bruma de leyenda, después de tres décadas de desbandada y de ‘desbarajustes’ en solitario, y la vieja canción resonó en la cabeza de cada asistente con todo su bagaje histórico y su espejo de la memoria íntima. Multiplicado por el efecto de aquelarre, el rito desencadenado, como siempre fue, como aquella pletórica noche en la Mercè del 86 (¡40 años!), en la hoy transformada Recta de l’Estadi, tan cerca, justo antes de que Barcelona emprendiera su sueño olímpico.

El Último de la Fila procede de aquella ciudad previa a los fastos y siempre se respiró en sus canciones la mezcla de barrio y ‘underground’, la humildad y el escepticismo ante los planes que auguraban grandes progresos. Todo ello se reflejó en el Estadi Olímpic, este domingo (56.000 asistentes; segunda sesión el próximo jueves), en torno a un cancionero que comenzó yendo al principio de todo, a ‘Huesos’, la tonada que Quimi Portet mostró a Manolo García nada más comenzar su alianza en Los Burros. El cantante, con gafas oscuras, y el guitarrista, invocando su yo más juvenil y tribal. El pez de neón colgado en lo alto y pantallazos de videojuegos marcianitos de los años 80. Más memoria remota: ‘Conflicto armado’. Y comenzó a caer una lluvia fina.

Se percibía la vibración de evento histórico entre un público, como diría Portet, más bien ‘granadet’, mezcla de mediana edad (y subiendo) y transversalidades familiares. El Estadi aulló cuando comenzó a sonar ‘Querida Milagros’, la canción con la que Portet quiso hacer mofa del cantautor plasta y que Manolo García vino a transformar en crónica antimilitarista. La sonorización permitió que, pese al aparato instrumental y el ‘punch’ seco de Portet, luciera como se merece la fina guitarra flamenca de Pedro Javier González. También en ‘El loco de la calle’, con su llamamiento a favor del “ansia de vivir”. En la base del edificio, la sección rítmica más fiable, Ángel Celada y Antonio Fidel.

Portet recordó cuando, en los viejos tiempos, tocaban para 250 personas y su compañero solía despedirse con un “¡salid y multiplicaos!”. Parece que le hicieron caso. “Moltíssimes gràcies per multiplicar-vos tant”, reconoció. García piropeó la Barcelona en la que creció la pareja, la de artistas que marcaron los años 70 como Lluís Llach, Sisa, Pau Riba e Ia-Batiste. Lo remató pidiendo el apoyo a “la música en català i la cultura feta a Barcelona”.

Las canciones del segundo álbum, ‘Enemigos de lo ajeno’ (1986), las más citadas (siete), constituyeron un hilo discontinuo tocado por las guitarras arenosas de Portet, vestigios de aquel sonido ‘lo-fi’ de antes del ‘lo-fi’, y las vicisitudes angustiadas volcadas en los textos de ‘Soy un accidente’ o ‘No me acostumbro’. En El Último hubo siempre humor, pero también penas y fatigas. Manolo las invocó todas, tratando de mantener el equilibrio y no resbalar en el escenario mojado. Con la oportuna ‘Dios de lluvia’ logró pactar alguna que otra tregua. En la pantalla asomaban a veces disparates de esos tan suyos: “Vendo Opel Corsa”, eco de un chiste antiguo y cafre.

Hubo lirismo gritado a los cuatro vientos en ‘Cuando el mar te tenga’, los gloriosos arabescos destartalados en ‘Lejos de las leyes de los hombres’ y una pieza con palmarias implicaciones familiares. “Hay quien ha dicho que le puse a mi hija Sara por esta canción”, apuntó Manolo García jugando a un despiste que ya no cuela. Ahí estaba, a la guitarra, incorporándose a la banda, la joven Sara García, que siguió ahí en el resto del repertorio y se marcó algún que otro pulcro punteo.

La inflamación había ido a más en el camino que llevó de ‘Canta por mí’ a ‘Llanto de pasión’ y, de ahí, a ‘Lápiz y tinta’, y la tonada primigenia de ‘Dulces sueños’, que cerró el ‘set’, camino de una pausa amenizada por rescates de viejas entrevistas y actuaciones televisivas. Manolo García, rompiendo televisores, cómo no (en sus tiempos con Los Rápidos).

Ahora ellos son señores, como dicen, de edad provecta, pero pervive la chispa, aquella “ansia de vivir”, que volvió a manifestarse, con un Manolo dominador, en la voz y en la actitud, en un bis que culminó con los que, seguramente, son sus hitos más populares, la rumba ‘Como un burro amarrado en la puerta del baile’ (con su fragmento en catalán vociferado por el Estadi) y el grito a la ‘Insurrección’. Momento de expansión: “Xafem-ho tot”, decía la pantalla. Pirotecnia y confeti, que no falte de nada, y la ranchera ‘El rey’, del maestro José Alfredo Jiménez, rematando, a las dos horas y 10 minutos, la noche en que El Último de la Fila volvió a la ciudad, su ciudad.

[Fuente: Jordi Bianciotto para elperiodico.com -Enlace original- Foto: Ferrán Sendra]

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